El silencio de los cobardes

El silencio es de los cobardes

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Creo que jamás en mi vida podré olvidar ese sentimiento, esa impotencia inmensa, esa rabia incesante y ese miedo tan profundo que te llega hasta el pescuezo. Ese sentimiento de no saber dónde está alguien a quien amas. Ese sentimiento cuando yo no sabía dónde estaba mi hermana.

Recuerdo tan vivamente que mi madre y yo la esperamos llegar a la casa pero la puerta nunca sonó, no escuchamos su voz. Ese día el sueño fue un amigo imaginario y la angustia mi constante compañera, mi madre había envejecido veinticuatro años en veinticuatro horas y seguíamos sin saber dónde estaba mi hermana. Acudimos a las autoridades y nos dijeron que debíamos llenar un reporte de desaparecida, ellos no entendían que el reloj sonaba “-tac, tic-” cada segundo, cada segundo que ella estaba más lejos. Mi hermana había sido secuestrada y ni siquiera palabras de consuelo podían ofrecernos. Estábamos solas mi madre y yo en contra de todo un mundo, salimos a buscarla a todo lugar que hubiera pisado antes, en cualquier rincón.

Pero nada, nada, nada.

Cuarenta y ocho horas contaba el alma, cuarenta y ocho horas en las que se había detenido la vida, cuarenta y ocho horas sin ella. Habíamos regresado a la casa a eso de las once de la noche y caímos en un sueño que no nos daba una pizca de descanso, un sueño inútil, una ilusión de sus pasos en las escaleras, de su voz gritando que ya había llegado a casa, una ilusión de que estaba conmigo.

Y sonó el teléfono.

Y muy bien pudo haber sido el llamado de los ángeles porque teníamos noticias: habían encontrado a mi hermana y ella estaba viva.

Mi mamá y yo por poco volamos a la estación de policía pensando que la pesadilla había terminado, que ella estaba a salvo pero no fue así. Mi hermana había sido detenida por dispararle a un militar.

Eso fue lo que nos dijeron.

Pero lo que no dijeron fue que había sido ese militar quien la había secuestrado en la esquina de mi casa, había sido ese demonio sin alma quien nos había hecho pasar por ese infierno no sólo a mi madre y a mí, sino también a otras diez familias más. No nos dijeron que mi hermana le disparó cuando él dejó su arma en la cama cuando estaba a punto de violarla. No nos dijeron que mi hermana liberó a otras diez muchachas que, como ella, habían sido secuestradas para motivos de prostitución y violación.

No nos dijeron eso.

Mi hermana fue liberada bajo el acuerdo que ella jamás diría nada acerca de su caso, que ella jamás mencionaría ni una palabra acerca de cómo un servidor público que tiene la obligación de protegernos había cometido actos tan crueles, violando todo sentido de justicia.

Ella calló por su propio bien y el nuestro. Ella calló porque no podía hablar. Porque si hubieran visto sus ojos sin luz entenderían como ella sobrevivió pero sin una parte de sí, con la inocencia robada, con un miedo tatuado en su piel que se nota cada vez que voltea hacia atrás como si alguien la siguiera.

Mi hermana calló pero mi madre y yo no.

Mi madre y yo decidimos hablar, contar los hechos, denunciar la injusticia.

Mi madre y yo decidimos hablar porque mi hermana corrió con suerte pero hay muchas otras que no. Porque nada sucede hasta que te sucede a ti. Porque los que podemos hablar y decidimos callar somos cobardes. Porque el silencio es de los cobardes.

– Catalina Flores.

Finalista Historias Ciudadanas 2015  – Basada en hechos reales.